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Sobre la belleza

Nací con la fortuna de ser hermosa. Parece que es pecado que una se fije en su propia hermosura. Son los otros quienes deben verbalizar esta percepción, no yo. Si lo verbalizo soy frívola. Puedo pensarlo, pero es un secreto, mi secreto. Saberme hermosa me convierte inmediatamente a una figura sujeta a su propio ego. Pero no miento. 

Es plausible cuando una mujer se percibe fea y lo verbaliza. Es un alivio. Ya sea porque otros corrigen esa percepción y verbalizan eso que tenemos prohibido: llamarnos bellas. Entonces es un halago para nosotras, algo que no veíamos venir. Porque cuando el otro nos regala el adjetivo, podemos hacerlo nuestro. Porque sin que el otro lo mencione, la palabra es ajena y nunca nos pertenece (al menos en público). 

Y nos sabemos feas hasta que nos “damos cuenta” que era una falsa percepción de nuestra propia mirada. Como si estuviéramos en medio de un hechizo que sólo se rompe desde afuera. Como las historias de princesas de antaño, desprovistas de cualquier capacidad mental o física, para salvarse a ellas mismas. Dependiendo siempre del otro, que puede ser cualquiera. 

Está permitido sabernos feas y modestas. Decir que brillamos es escandaloso “¿Quien te crees que eres?” “¿Cómo eres capaz de decir algo bueno sobre tu aspecto?” Porque está permitido decir que somos interesantes, graciosas, divertidas ¿Pero bellas? La belleza es una “superficie”, te lo dicen todo el tiempo. “Mejor fíjate en cosas más importantes”, “hay otras cosas en la vida”. Y sí. 

Está mal visto saberse hermosa, sentirse bella de verdad. Pero no superior a nadie, no más hermosa o menos hermosa que otra persona, no hermosa según un canon de belleza u otro. Simplemente hermosa según tú y para ti. 

Pero lo somos. 
Y lo sabemos.