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El ocio, el gran beneficio para el alma. Y la falta de dinero y de espacios propios: un comentario sobre “Una habitación propia – Virginia Woolf”

He tenido la suerte de gozar del privilegio del ocio. Pocas personas pueden jactarse de ello. Soy una privilegiada de la contemplación. Mientras leía “Una habitación propia” de Virginia Woolf, algunos pensamientos afloraron. Es cierto que una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura o a cualquier cosa para poder vivir de manera independiente o al menos para tener algo de libertad; no hace falta explicar la importancia de un espacio privado y propio para sentir que todo lo que pase allí, todo lo que nazca de la creatividad, todo lo que surja y se mantenga o se borre, es de una y de nadie más. Así como tampoco hace falta ahondar en el papel del dinero, que no ha cambiado en nada hoy día que necesitamos dinero para casi todo, en especial para nuestra independencia.

¿Qué pensaría Virginia si pudiera viajar al futuro, es decir, nuestro presente y percibir la realidad de la mayoría de mujeres hoy día? Muchas siguen sin tener una habitación propia y muchísimas más, sin tener dinero para dedicarse a lo que les plazca o para conseguir la libertad de sus relaciones familiares o de pareja. Se encontraría con la desagradable sorpresa de que quinientas libras al año no son suficientes para nada en Gran Bretaña, y difícilmente en otra parte . Y si viviera en Colombia, por ejemplo, tendría que buscarse la vida de otra manera,  al menos hasta que pudiera aprovechar las virtudes y los beneficios de internet y se convirtiera en una tuitera de éxito , lo que daría paso a que quizás, con suerte, le publicaran algún libro. Aunque por supuesto, la cosa podría avanzar más rápido si Virginia tuviera el beneficio de alguna herencia o si tuviera el privilegio de una vida sin carencias económicas. Como en su tiempo. Por otro lado, he de anotar algo de vital importancia. Y es que no creo que fuera usuaria de Instagram, pero tuitera seguro. 

Pero sigamos con mi suerte. Pensando en mi pasado, recuerdo tiempos en los que no he podido disfrutar del ocio. Han sido períodos frenéticos de verdadera oscuridad mental. De inercia, de vivir porque toca, de trabajar porque es lo que hay que hacer para poder comer, para pagar deudas, para poder sobrevivir, para poder comprar cosas, para seguir con ese ciclo. Pero esto no es la felicidad, es vivir al día, porque si algo he sido, es una persona en ocasiones pobre en lo material y algunas otras, pobre de espíritu. Pero nada de eso me ha impedido sacar tiempo para mi ocio y mi trabajo creativo. Aunque fuera antes de dormir. Me angustia la idea de no poder dedicar tiempo a la reflexión o al canto o al baile y tengo la suerte de dedicarme a dibujar, como los niños.

Expresiones del alma, si esta existe.

Yo prefiero creer que son expresiones necesarias para liberar la tensión de la mente. No me puedo quejar de nada. He tenido suerte, entre otras cosas, pero desde pequeña me he puesto a la tarea continua de dedicar tiempo a la contemplación. Aunque tengo que ser honesta en algo, debo admitir que me he quejado de las carencias prescindibles de mi tiempo. Carencias que involucran el dinero como el medio para conseguir otras experiencias o el tiempo para dedicarlo a ellas. Como por ejemplo no tener tiempo para ir a visitar más museos, no tener dinero para irme a viajar, no tener dinero para irme a hacer la manicura, el clima, “mucho frío”, “demasiado calor”, “esta blusa no combina con estas botas”. Ya sabes, cosas importantes. Así que he estado en este lado y lo he criticado también. 


Virginia Woolf se lamentaría del futuro, porque en su escrito le tiene mucha fe. Y la fe es esa ilusión ciega, esa sensación de renuncia al presente para depositar todas las energías y deseos en el futuro, esa necesidad de llamar a la propia calma, sin saber si va a responderte pero confiando que sí. Se siente la manera en la que guarda la esperanza en cada uno de sus bolsillos y saca un poco de ellos al momento de escoger las palabras precisas para escribir. Me gusta Virginia Woolf.

Me contuve el bostezo en algunas páginas. Principalmente porque leía el libro justo antes de dormir y me pasa que a veces esto me arrulla. Creía que iba a soñar con algo de lo último que había leído, como me pasa en ocasiones. Sin embargo, mientras leí este libro, una nube negra se metió en mi cerebro y no me dejó ver lo que había más allá del inconsciente ninguna de esas noches. Es más, puedo afirmar, que no sueño nada desde hace muchos días.

Disfruté del libro. Sentí su esperanza como la mía propia y sonreí un poco con amargura, de ver que muchas seguimos con esos mismos deseos esperando que sean realidades. Seguimos trabajando. Es cierto que el mundo ha cambiado mucho desde entonces, pero noventa años después, las mujeres seguimos viviendo en una sociedad que se escandaliza ante lo que se nombra en femenino o que prefiere sospechosamente a las mujeres “porque está de moda”, porque es lo que “vende”, porque el mercado lo pide a gritos. Esa discriminación positiva que provoca náuseas. En el 2019 el feminismo vende mucho, pero necesitamos que sea más que visible, que se pueda sentir, que se pueda tocar. Que lo veamos en todas partes, sin miedo a la palabra o a su significado. Dentro de nuestras habitaciones propias y con nuestro dinero en el bolsillo. Pero ahora vivimos en una distopía y parece que es el fin del mundo.

9 thoughts on “El ocio, el gran beneficio para el alma. Y la falta de dinero y de espacios propios: un comentario sobre “Una habitación propia – Virginia Woolf”

    1. Me leí el libro este año, en una semana me lo leí. Es genial, amo a Virginia y amo leerte, sus dibujos me encantan… Saludos desde Costa Rica y gracias ❤️🌷

  1. Me dieron ganas de leer el libro. Admito que me encanta Virginia y sus escritos, sin embargo este en particular no lo he degustado.

    1. Lo recomiendo. Es un ensayo, diferente a sus escritos habituales. Pero me ha parecido honesto y lleno de esperanza por el futuro.

  2. Cada persona en su espacio, encuentra una habitación propia (muchas veces en su cabeza) y que difícil ubicar ese espacio cuando las dimensiones se achican…excelente relato!

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